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El deseo susurrado es que las palabras se abran como flores. “En el aire estaba/ impreciso, tenue, el poema./ Imprecisa también/ llegó la mariposa nocturna,/ ni hermosa ni agorera…”, se lee en un gran poema que traza la coreografía incierta de lo indecible. La poeta uruguaya Ida Vitale, una de las voces insoslayables en lengua castellana, quien ganó el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana –considerado el Cervantes de la poesía–, dotado de 42.100 euros. El exilio marcó la vida de esta mujer de 91 años que reside en Estados Unidos. En 1974 decidió escapar de la dictadura militar uruguaya y se instaló en México –su país de adopción, como suele llamarlo–, donde vivió una década intensa: conoció a Octavio Paz, quien la integró al comité asesor de la revista Vuelta, participó de la fundación del semanario Uno más uno, se dedicó a la enseñanza y a la traducción. “La poesía es eso que está lejos y que una trata de alcanzar aunque se le escapa de sus manos”, plantea Vitale. “A veces me sale un poema largo, más hablado de lo necesario, pero mi tendencia natural es abreviar. Aunque admiro profundamente a los que se dejan llevar por esa locura ingobernable, cada uno nace no con un guión sino con una escuadra a mano, y la mía es borrar y borrar. Corregir es como arreglar cajones: sacas lo que está de más.”

Vitale (Montevideo, 2 de noviembre de 1923) se crió en el seno de una familia culta y cosmopolita, rodeada de libros y con una libertad ilimitada para leer lo que se le antojara. Dos poetas uruguayas del siglo XIX, María Eugenia Vaz Ferreira (1875-1924) y Delmira Agustini (1886-1914), integran el gabinete íntimo de influencias próximas. “Me siento más cerca de María Eugenia, era diferente, despojada. Era la escéptica, la feminista, la que sintió la necesidad de imponerse”, aclara la poeta. Sus dos grandes referentes fueron españoles: su profesor José Bergamín y Juan Ramón Jiménez. “Juan Ramón llegó a Montevideo en una gira que hizo por América para recuperar el español. Aquel viaje suyo fue su resurrección, una gira triunfal. Recuerdo un recital en el teatro Solís donde la gente se colgaba de los palcos para escucharlo, no cabía un alfiler. Pero Bergamín fue otra cosa, no puedo explicar su importancia en mi vida. Nos contagiaba cada día su entusiasmo, siempre con sus libros, los prestaba, los regalaba para que leyéramos a los románticos alemanes, a Juan de la Cabada, a Juan Ramón, a ¡todos! Podías estar de acuerdo o no, pero no te podías resistir a su personalidad.”

Afirmar que Vitale pertenece a la llamada “Generación del 45” –la misma en la que conviven nombres tan disímiles como Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti e Idea Vilariño– es un dato un tanto anquilosado que ahoga la diversidad de una obra mixturada por varias tradiciones que van del barroco español al modernismo americano, pasando por el simbolismo francés. La luz de esta memoria (1949) fue su primer poemario publicado; luego seguirían Palabra dada (1953), Cada uno en su noche (1960), Paso a paso (1963), Oidor andante (1972), Jardín de sílice (1980), Elegías en otoño (1982), Sueños de la constancia (1988), Procura de lo imposible (1988), Serie del sinsonte (1992), Jardines imaginarios (1996), Un invierno equivocado (1999), Reducción del infinito (2002), Trema (2005) y Mella y criba (2010). Tradujo a Gaston Bachelard, Simone de Beauvoir, Benjamin Péret, Jacques Lafaye y Luigi Pirandello, entre otros narradores, poetas y antropólogos. “El exilio puede ser una experiencia dramática y terrible o una cosa maravillosa. En mi caso me dolió mucho alejarme de mi gente, lo pasé muy mal, pero al poco tiempo me sentí mucho más enriquecida. México me dio no sólo la comodidad de un mundo agradable, sino la oportunidad de sentirme útil con traducciones, con clases… y eso es algo que jamás dejaré de agradecerle a ese país, su enorme apertura hacia el que venía de fuera”, pondera la poeta uruguaya.

La figura de la exiliada quizá sea un alter ego de la poeta como eterna errante del sentido. “La mirada se acuesta como un perro,/ sin siquiera el recurso de mover una cola.// La mirada se acuesta o retrocede,/ se pulveriza en el aire/ si nadie la devuelve.// No regresa a la sangre ni alcanza/ a quien debiera.// Se disuelve, tan solo”, se lee en el poema “Exilios”, que integra Procura de lo imposible. “Ahora escribo más. Antes era difícil por los hijos, la casa… y la vida. Pienso en Honoré Balzac, que escribía con un lapicero mojando en tinta, a mano y todo lo que hizo, pero ¡claro!, él no tenía televisión, radio… ni periodistas”, ironiza Vitale, autora de varios libros en prosa entre los que se destacan Léxico de afinidades (1994) y De plantas y animales: acercamientos literarios (2003). “Dejar de escribir sería como si alguien me dijera que debo cambiar de nombre, de familia, de casa o trabajo”, advierte.

“Soy poeta por pereza y por irresponsabilidad”, asegura la ganadora del Premio Reina Sofía, galardón que han recibido Antonio Gamoneda, Juan Manuel Caballero Bonald, Juan Gelman, Gonzalo Rojas y Nicanor Parra –premiados posteriormente con el Cervantes–, Ernesto Cardenal y Blanca Varela, entre otros. “La novela exige una concentración distinta. ¡Yo llevo años con una novela que nunca acabo! La poesía nace de otra manera, me gusta su inmediatez”, compara Vitale. “Yo no hago poemas largos y cuando los hago me siento insegura, como si la prolongación fuese algo indebido. Juan Ramón (Jiménez) me dijo algo que no olvido: lo mejor que se puede hacer es escribir y guardar. Guardar en un cajón y sacarlo con el tiempo. Me hablaba de no olvidar nunca la objetividad, la autocrítica. Y yo lo hago. Lo guardo todo hasta olvidarlo.”