BCB336BD-FF9B-454E-BFC8-F55F1B08E595

León Felipe fue uno de los poetas menos conocidos o menos populares de la generación del 27.

Su vida fue un sin fin de peripecias, de avatares extraños que le llevaron a pasar por todos los puntos cardinales de la rueda de la fortuna. Nació en una familia acomodada, fue farmacéutico, estuvo en la cárcel, fue cómico ambulante, se casó con una peruana, regentó hospitales en Guinea Ecuatorial, regresó a España y se exilió tras la Guerra Civil, para acabar sus días en México, lejos de una patria torturada que añoraba.

León Felipe fue un poeta que le cantó a las cosas pequeñas. Él supo ver el gran valor que late en las minucias, como única recompensa a una existencia desapercibida.

Además, fue un tremendo nostálgico. Su poesía está empapada en la pena, en la añoranza, en la esperanza de una libertad sin ataduras y errante. León Felipe supo describir la belleza que posee la melancolía, como en este poema (es largo, pero merece la pena): Qué lástima.

¡Que lástima

que yo no pueda cantar a la usanza

de este tiempo lo mismo que los poetas de hoy cantan!

¡Que lástima

que yo no pueda entonar con una voz engolada

esas brillantes romanzas

a las glorias de la patria!

¡Que lástima

que yo no tenga una patria!

Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa

desde una tierra a otra tierra, desde una raza

a otra raza,

como pasan

esas tormentan de estío desde esta a aquella comarca.

¡Que lástima

que yo no tenga comarca,

patria chica, tierra provinciana!

Debí nacer en la entraña

de la estepa castellana

y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada:

pase los dias azules de mi infancia en Salamanca,

y mi juventud, una juventud sombria, en la Montaña.

despues… ya no he vuelto a echar el ancla,

y ninguna de estas tierras me levanta

ni me exalta

para poder cantar siempre en la misma tonada

al mismo rio que pasa

rodando las mismas aguas,

al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.

¡Que lástima que yo no tenga una casa!

Una casa solariega y blasonada,

una casa

en que guardara.

a mas de otras cosas raras,

un sillon viejo de cuero, una mesa apolillada

y el retrato de un mi abuelo que ganara

una batalla.

¡Que lastima

que yo no tenga un abuelo que ganara

una batalla,

retratado con una mano cruzada

en el pecho, y la otra mano en el puño de la espada!

Y, ¡que lastima

que yo no tenga siquiera una espada!

Porque…, ¿que voy a cantar si no tengo ni una patria,

ni una tierra provinciana,

ni una casa

solariega y blasonada,

ni el retrato de un mi abuelo que ganara

una batalla,

ni un sillon viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?

¡Que voy a cantar si soy un paria que apenas tiene una capa!

Sin embargo…

en esta tierra de España

y en un pueblo de la Alcarria

hay una casa

en la que estoy de posada

y donde tengo, prestadas,

una mesa de pino y una silla de paja.

Un libro tengo tambien. Y todo mi ajuar se halla

en una sala

muy amplia

y muy blanca

que esta en la parte mas baja

y mas fresca de la casa.

Tiene una luz muy clara

esta sala

tan amplia

y tan blanca…

Una luz muy clara

que entra por una ventana

que da a una calle muy ancha.

Y a la luz de esta ventana

vengo todas las mañanas.

Aqui me siento sobre mi silla de paja

y venzo las horas largas

leyendo en mi libro y viendo cómo pasa

la gente al traves de la ventana.

Cosas de poca importancia

parecen un libro y el cristal de una ventana

en un pueblo de la Alcarria,

y, sin embargo, le basta

para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.

Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa

cuando pasan

ese pastor que va detras de las cabras

con una enorme cayada,

esa mujer agobiada

con una carga de leña en la espalda,

esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias de Pastrana

y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.

¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana

siempre y se queda a los cristales pegada

como si fuera una estampa.

¡Que gracia

tiene su cara

en el cristal aplastada

con la barbilla sumida y la naricilla chata¡

Yo me rio mucho mirandola

y la digo que es una niña muy guapa…

Ella entonces me llama ¡tonto!. y se marcha.

¡Pobre niña! Ya no pasa

por esta calle tan ancha

caminando hacia la escuela de muy mala gana,

ni se para

en mi ventana,

ni se queda a los cristales pegada

como si fuera una estampa.

Que un dia se puso mala,

muy mala

y otro dia doblaron por ella a muerto las campanas.

Y en una tarde muy clara,

por esta calle tan ancha,

al traves de la ventana,

vi como se la llevaban

en una caja muy blanca…

En una caja

muy blanca

que tenia un cristalito en la tapa.

Por aquel cristal se la veia la cara

lo mismo que cuando estaba

pegadita al cristal de mi ventana…

Al cristal de esta ventana

que ahora me recuerda slempre el cristalito de

tan blanca.

Todo el ritmo de la vida pasa

por este cristal de mi ventana…

Y la muerte tambien pasa!

¡Que lástima

que no pudiendo cantar otras hazañas,

porque no tengo una patria,

ni una tierra provinciana,

ni una casa

solariega y blasonada,

ni el retrato de un mi abuelo que ganara

una batalla

ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada,

y soy un paria

que apenas tiene una capa…

venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!


León Camino Galicia de la Rosa, conocido como León Felipe, nació en Tábara, Zamora, el 11 de abril de 1884. Nació en una familia acomodada, su padre era notario. Pasó su infancia en Sequeros, Salamanca, y en 1893 se trasladó con su familia a Santander. Tras estudiar en Madrid, ejerció de farmacéutico en varias ciudades al tiempo que trabajaba como actor para una compañía de teatro itinerante.
Permaneció tres años en la cárcel, convicto de desfalco y contrajo un matrimonio fracasado con la peruana Irene Lambarri. Su vida bohemia le sumió en una situación económicamente complicada hacia 1919, cuando iniciaba su obra poética en Madrid. En 1920 publicó Versos y oraciones del caminante.
Tras tres años de estancia en Guinea Ecuatorial, en aquellos años colonia española, trabajando como administrador de hospitales, viajó a México en 1922, con una carta de Alfonso Reyes que habría de abrirle las puertas del ambiente intelectual mexicano.
Trabajó como bibliotecario en Veracruz, y como profesor de literatura española en la Universidad Cornell, Estados Unidos. Contrajo un segundo matrimonio con Berta Gamboa, también profesora.
Volvió a España poco antes de iniciarse la guerra civil, y apoyó la república hasta 1938, año en que se exilió definitivamente a México.
Fue agregado cultural de la embajada de la República española en el exilio, única reconocida entonces por el gobierno mexicano. La experiencia de la guerra civil y el exilio posterior configuraron una voz poética combativa y rebelde.
Murió en Ciudad de México el 18 de septiembre de 1968.