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No son pocos los literatos y ensayistas -por fortuna cada vez menos- que no le quieren conceder al periodismo rango de literatura.

Una vieja discusión, no del todo zanjada, considera que el periodismo no cumple los requisitos que podrían ubicarlo al lado  de la literatura. León Trozky, ciertamente sin muchos méritos de autor literario, intentó desacreditar al periodismo llamándole de manera clasista «musa plebeya» y a esa línea trozquista, tal vez sin saberlo, se afilió el poeta y periodista Renato Leduc, quien también denigró al oficio periodístico: “Yo no sabría si calificar o clasificar al periodismo escrito como seudo literatura o como sub-literatura, pero en todo caso no me atrevo a calificarlo de literatura”.

Según él, otro poeta y ensayista, Salvador Novo, habría dicho que “no se puede alternar el santo ministerio de la maternidad que es la literatura con el ejercicio de la prostitución que es el periodismo”.Y procuraba amparar este viejo zorro de la poesía amorosa y humorosa, su descalificación del periodismo como forma literaria, con declaraciones tremendistas: “después de permanecer cuatro o cinco horas diarias culiatornillado frente a la máquina tecleando idioteces para ganarse el pan cotidiano, ya no le queda a uno humor ni para escribirle recaditos a la mujer amada”.

Sin embargo, autores más afamados como literatos, jamás le han escatimado al periodismo lo que tiene de literario, cuando está bien hecho, desde luego, porque en última instancia no porque un texto figure entre gruesas pastas es literatura.

Alejo Carpentier, el escritor cubano, hombre musical si los ha habido, de gran erudición y cultura monumental, no halló razón para separar al periodismo de la literatura, a no ser por cuestiones de estilo: “Para mí, el periodista y el escritor se integran en una sola personalidad… Podríamos definir al periodista como un escritor que trabaja en caliente, que sigue, rastrea el acontecikiento día a día sobre lo vivo. El novelista, para simplificar la dicotomía, es un hombre que trabaja retrospectivamente, contemplando, analizando, el acontecimiento, cuando su trayectoria ha llegado a su término. El periodista, digo, trabaja en caliente, trabaja sobre la materia activa y cotidiana. El novelista la contempla en la distancia con la necesaria perspectiva como un acontecer cumplido y terminado”.

Por su parte, el Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz, señaló en un texto de madurez que “El periodismo, la novela y la poesía son géneros literarios distintos, cada uno regido por su propia lógica y estética”. Y tras de afirmar y demostrar que “La buena poesía moderna está impregnada de periodismo” concluyó una conferencia manifestando que: “A mí me gustaría dejar unos pocos poemas con la ligereza, el magnetismo y el poder convicción de un buen artículo de periódico… y un puñado de artículos con la espontaneidad, la concisión y la transparencia de un poema”.

Coincidencia a la que llegaron con años de diferencia y con ideologías tan distantes, el poeta Paz y el novelista Gabriel García Márquez, quien al ser interrogado años atrás sobre esta relación entre literatura y periodismo, respondió que lo ideal sería que la poesía fuera cada vez más informativa y el periodismo cada vez más poético. Un ideal que como puede observarse en los buenos creadores del periodismo moderno, parece haberse cumplido.

Escritores-periodistas

Abundan hoy, aunque siempre los ha habido en México, los periodistas que sin menoscabo de su profesión de comunicadores, igualmente practican la escritura de ficción, que es la que por antonomasia se considera literatura, aunque en rigor el ensayo y la historia no debieran ser calificados como ajenos a la creación literaria.

La nómina es vastísima y para no citar a los Gutiérrez Najera, Guillermo Prieto, Manuel Payno, Angel de Campo, Riva Palacio y demás del siglo XIX, cabe recordar entre muertos y vivos del siglo XX a: Ricardo Garibay, Elena Poniatowska, Margarita Michelena, Salvador Novo, María Luisa «La China» Mendoza, Edmundo Valadés, Efraín Huerta, David Huerta, Vicente Leñero, Cristina Pacheco, Fernando Benítez, Fernando del Paso, José Revueltas, Héctor y Miguel Aguilar Camín, Paco Ignacio Taibo I y II, Daniel Sada, David Martín del Campo, José Antonio Alcaraz, Ignacio Solares, Paco Prieto, Carlos Montemayor, Josefina Estrada, Guillermo Chao, René Avilés Fabila, José Agustín, Gustavo Sainz y muchos más que me excuso de citar, para no parecer anuncio de la Sección Amarilla de la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México).

¿Y del mundo?

Habría que empezar en nuestros tiempos modernos por Gabriel García Márquez, que no obstante su Premio Nobel de Literatura, siempre se ha definido como fundamentalmente periodista, el ya mencionado Carpentier, Mario Vargas Llosa, desde luego Ernest Hemingway, Norman Mailer, Truman Capote, Tom Wolfe, Arturo Pérez Reverte, Isabel Allende, Ryszard Kapuscinski y el largo etcétera que ustedes quieran acomodar.

Con estos autores de dos aguas, que no naufragan en la entrevista, la crónica, el reportaje, el artículo, el comentario y la crítica, que navegan con maestría en las aguas  profundas de la novela, el cuento, la poesía, la dramaturgia, ¿cómo suponer que pertenecen a familias distintas y distantes el periodismo y la literatura?