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Cuando la noche;

cuando los espejos reciben el asombro culpable de los adulterios

y las sillas saben de las torpes pisadas;

cuando los libros se quedan abiertos como una película de pronto detenida

y los cigarrillos sólo son un recuerdo de angustias y desvelos,

quemados para siempre;

cuando los números Palmer del mediocre joven meritorio

son un feroz y enloquecidamente acariciado anhelo de abrazarse por sorpresa

a la Amparito o a la Chloe

en un mentido vuelco aéreo de Luna Park;

cuando las prostitutas ofrecen su seco y taciturno sexo a los inspectores

o a las escalofriantes agujas de los que ponen Roberto o Gustavo;

cuando una gringa en lo alto de un hotel lleno de cafiaspirina

bebe el horroroso brandy desesperadamente sin parar

con el triste frenesí salvaje que cuenta Duhamel;

cuando en las abandonadas consejerías de latón sólo se sabe ya

del chillido de la niña loca del conserje;

cuando la rubia insidia de la Western Union grita con las pipas

de los colonos que ya no se escriba

sino se cablegrafíe,

que ya no se sueñe

sino se asesine,

que ya no se llore

sino se pisoteen los vientres embarazados.

cuando la noche;

cuando las pistolas de aire y la soldadura autógena

que cada vez más parece una enfermedad de los dientes,

entonces oigo torrentes furiosos de semen que corre por las calles

como entre caños de sombra y de injurias:

semen impuro y vicioso de horrendos señoritos,

destilados en las esquinas oscuras, en los pasillos de los cines

y en los mingitorios.

Semen cien veces del maldito de las sombras de los jardines.

Cuando el crimen y los papeleros se duermen en la calle.

Se suceden sin fin, ignorándose a sí mismo atormentado,

con una falsa alegría de labios relamidos y de placer gratuito,

sin pensar en la sangre derramada,

sin pensar en el limpio, puro y desvestido espacio,

sin pensar en la música, sin pensar en la vida.

Es preciso, es preciso, es preciso que se caigan los muros,

que cesen los venablos de angustia que nos ha atravesado,

que quede nada más un grito clamando, herido eternamente,

y una sobrehumana colérica voluntad como ramas de un árbol furioso

para golpear hasta el polvo y el aniquilamiento.

Cuando la noche.

Cuando la angustia.

Cuando las lágrimas.

José Revueltas