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«Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído». Así comenzaba Jorge Luis Borges su poema ‘Un lector’, en el que también declaraba: «A lo largo de mis años he profesado la pasión del lenguaje». María Kodama, la que fuera su compañera y esposa en la última etapa de su vida, destaca que Borges tenía «un compromiso de generosidad. A través de su obra él dio la apertura a la lectura de otros autores. Él tenía el compromiso consigo mismo y lo que él consideraba como esencial de la vida, era un principio ético».

Para el novelista y crítico argentino Carlos Gamerro, «sería temerario afirmar que Borges fue el escritor más importante o influyente del siglo XX, pero creo que a esta altura del partido puede decirse, sin temor a exagerar, que fue el más activo e influyente de sus lectores». Y todas sus lecturas y descubrimientos, dice Gamerro, los hacía llegar a los demás de múltiples maneras: «En las conversaciones cotidianas; en sus clases, sus traducciones, los ensayos, artículos y prólogos que escribió; y fundamentalmente, en los cuentos y poemas en los que las reescribe».

La originalidad, declaró Borges en cierta ocasión, «es imposible. Uno puede variar muy ligeramente el pasado, cada escritor puede tener una nueva entonación, un nuevo matiz, pero nada más. Quizá cada generación esté escribiendo el mismo poema, volviendo a contar el mismo cuento, pero con una pequeña y preciosa diferencia: de entonación, de voz y basta con eso».

Así, en ‘El Hacedor’ Borges recrea la vida de Homero en el momento en que comienza a manifestarse su ceguera y descubre su vocación de poeta. Homero se refugia en su memoria, la enriquece con las «vivencias en el acerbo de leyendas de su pueblo y escribe (reescribe) la ‘Ilíada’ y la ‘Odisea’», explica Gamerro.

Y su poema ‘El oro de los tigres’ rescata el animal de fuego que aparecía en las ‘Canciones de inocencia y experiencia’ de William Blake, cuyo color dorado era uno de los pocos que aún se colaban entre las rendijas de su ceguera:

Hasta la hora del ocaso amarillo
cuántas veces habré mirado
al poderoso tigre de Bengala
ir y venir por el predestinado camino
detrás de los barrotes de hierro,
sin sospechar que eran su cárcel.
Después vendrían otros tigres,
el tigre de fuego de Blake;
después vendrían otros oros,
el metal amoroso que era Zeus,
el anillo que cada nueve noches
engendra nueve anillos y éstos, nueve,
y no hay un fin.
Con los años fueron dejándome
los otros hermosos colores
y ahora sólo me quedan
la vaga luz, la inextricable sombra
y el oro del principio.
Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores
del mito y de la épica,
oh un oro más precioso, tu cabello
que ansían estas manos.

La diferencia entre la prosa y la poesía reside, según Borges, en el lector, no en el texto: «Ante una página en prosa el lector espera noticias, información, razonamientos; en cambio, el que lee una página en verso sabe que tiene que emocionarse. En el texto no hay ninguna diferencia, pero en el lector sí, porque la actitud del lector es distinta».

Junto Kipling y Walt Whitman, sus poetas favoritos incluían nombres como Virgilio, Dante o Keats. «En general», dice María Kodama, «admiraba a los poetas ingleses ya que habían formado parte de su infancia. Eran los poemas de autores que le leía su abuela inglesa. En su biblioteca la mayor parte de sus libros están escritos en inglés. Le gustaba mucho el idioma inglés, la precisión y la concisión. Los autores españoles dicen que ellos tuvieron dos grandes cambios dentro de la literatura, uno es con Rubén Darío con el modernismo, y otra es la forma de construir la prosa a través de Borges. Esa fascinación que él ejerce a través de su prosa es debido a su formación de la lengua inglesa».

Ya en el prólogo de ‘El elogio de la sombra’, Borges reconocía: «Yo anhelé alguna vez la vasta respiración de los salmos de Walt Whitman». De este poeta, de quién él mismo tradujo y editó una antología en español, destacó el libro ‘Hojas de Hierba’ como «la inaudita revelación de un hombre de genio». En algunos de sus versos, señala Borges, «Whitman recuerda telas medievales con muchos personajes, algunos aureolados y preeminentes, y declara que se propone pintar una tela infinita, poblada de infinitos personajes, todos con sus aureolas. ¿Cómo ejecutar semejante hazaña? Whitman, increíblemente, lo hizo». La admiración que Borges sentía por este autor norteamericano quedó plasmada en el poema ‘Camden 1892’:

El olor del café y de los periódicos.
El domingo y su tedio. La mañana
y en la entrevista página esa vana
publicación de versos alegóricos

de un colega feliz. El hombre viejo
está postrado y blanco en su decente
habitación de pobre. Ociosamente
mira su cara en el cansado espejo.

Piensa, ya sin asombro, que esa cara
es él. La distraída mano toca
la turbia barba y saqueada boca.

No está lejos el fin. Su voz declara:
Casi no soy, pero mis versos ritman
la vida y su esplendor. Yo fui Walt Whitman.

«Las obras maestras suelen ser hijas del azar o de la negligencia», escribe Borges en su prólogo a ‘La Eneida’ de Virgilio. Este extenso poema, afirma, «es el ejemplo más alto de lo que se ha dado en llamar, no sin algún desdén, la épica artificial, es decir la emprendida por un hombre, deliberadamente, no la que erigen, sin saberlo, las generaciones humanas. Virgilio se propuso una obra maestra; curiosamente la logró». No existe, dice Borges, otro poeta «que haya sido escuchado con tanto amor… Virgilio es nuestro amigo. Cuando Dante Alighieri hace de Virgilio su guía y el personaje más constante de la Comedia, da perdurable forma estética a lo que sentimos y agradecemos todos los hombres».

De un poeta como Quevedo, cuya obra consideraba una de las cumbres del Siglo de Oro, Borges subrayaba su capacidad de manejar la lengua verbal como una de las muestras de su grandeza. «Grande es el ámbito de la obra poética de Quevedo», escribía en ‘Otras inquisiciones’. «Comprende pensativos sonetos, que de algún modo prefiguran a Wordsworth; opacas y crujientes severidades, bruscas magias de teólogos («Con los doce cené; yo fui la cena»); gongorismos intercalados para probar que también él era capaz de jugar a ese juego; urbanidades y dulzuras de Italia («humilde soledad verde y sonora»); variaciones de Persio, de Séneca, de Juvenal, de las Escrituras, de Joachim de Bellay; brevedades latinas; chocarrerías; burlas de curioso artificio; lóbregas pompas de la aniquilación y del caos».

John Milton escribió su obra maestra, ‘El Paraíso perdido’, hacia el final de su vida. Ciego y proscrito, su relato épico de más de 10.000 versos sobre la Caída del ser humano y su expulsión del Paraíso capturó la imaginación de Borges quien, entonces también viejo y ciego, le dedicó este soneto a su autor:

Al cabo de los años me rodea
una terca neblina luminosa
que reduce las cosas a una cosa
sin forma ni color. Casi a una idea.
La vasta noche elemental y el día
lleno de gente son esa neblina
de luz dudosa y fiel que no declina
y que acecha en el alba. Yo querría
ver una cara alguna vez. Ignoro
la inexplorada enciclopedia, el goce
de los libros que mi mano reconoce,
las altas aves y las lunas de oro.
A los otros les queda el universo:
a mi penumbra, el hábito del verso.

Borges fue generoso en sus halagos pero también afilado en sus críticas. Esto tenía que decir, por ejemplo, acerca de Pablo Neruda: «Es un bruto. Cambia de estilo y de tono en un poema sin darse cuenta». O sobre Baudelaire: «¿La fama de Baudelaire? La cursilería gusta. Qué triste llenar la literatura de almohadones y muebles y mostrar la maldad como meritoria. Baudelaire es la piedra de toque para saber si una persona entiende algo de poesía, para saber si una persona es un imbécil; si admira a Baudelaire, es un imbécil».

Consideraba, incluso, como un poeta «menor» a Federico García Lorca. «Le ha favorecido su muerte trágica. Desde luego, los versos de Lorca me gustan, pero no me parecen muy importantes. Es una poesía visual, decorativa, hecha un poco en broma; es como un juego barroco. Yo no creo que uno pueda ponerlo al lado de Manuel Machado, o de Antonio Machado por ejemplo, o de Juan Ramón Jiménez… En todo caso no me he sentido muy conmovido leyéndolo. Uno mide los poetas por la emoción que producen, y en el caso de Lorca he sentido agrado, pero nada más. He sentido agrado y a veces sorpresa ante las metáforas, pero nunca me he sentido conmovido».

En cualquier caso Borges, el lector, tuvo una relación tan íntima con la literatura que lectura y creación se convirtieron en vasos comunicantes. Su viuda, María Kodama, recuerda el caso de un poema que Borges le dictó pero que, una vez transcrito, nunca quiso corregir: «Un día con curiosidad le pregunté por qué no había hecho la corrección de ese poema. Y me respondió: ‘No, yo no puedo corregir ese poema, porque ese poema no es mío, me lo dictó Kafka en el sueño, cuando vuelva a soñar y Kafka me diga que debo corregirlo, él sabrá qué debo corregir’»