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“El lenguaje de la poesía de Pizarnik es estremecedor y tiene una gran capacidad de subversión”, afirma en una entrevista la traductora argentina Ana Becciú.

La vida de Pizarnik está rodeada de cierto malditismo, y a ello contribuye sin duda el que se quitara tan joven la vida con una sobredosis de barbitúricos. Pero Ana Becciú asegura que “su muerte no es lo que da prestigio a su obra”, y, de hecho, los jóvenes, que “son los que más leen la poesía de Pizarnik, cada vez menos se interesan por esas circunstancias”.

Lo cierto es que Becciú, que era vecina de Pizarnik en Buenos Aires e iba a su casa “todos los días”, ofrece una imagen de la gran poeta muy diferente a la que algunos tienen de ella: “Yo conocí a una Alejandra muy juvenil, con muchísimo sentido del humor y que tenía una extraordinaria generosidad con los jóvenes aprendices de escritor”.

Pizarnik mantenía “un gran contacto” con escritores de diferentes generaciones. Pero no solo fue “muy amiga” de autores consagrados. En su casa se reunían con frecuencia “los jovencísimos” César Aira, Alberto Manguel, Arturo Carrera y la propia Becciú, que en 1976 abandonaría Argentina para trasladarse a vivir a Europa. “Leía nuestros escritos, nos los corregía y nos animaba a publicarlos”, cuenta Ana Becciú, quien no duda en afirmar que Pizarnik “es una de las grandes poetas latinoamericanas del siglo XX”.

Casi cuarenta y ocho años después de su muerte, “sigue siendo una poeta de una suerte de vanguardia y todavía hay zonas de su poesía inexploradas”, afirma Becciú, experta en la obra de la escritora argentina y encargada de gestionar los contratos de traducción de sus libros. La obra de Pizarnik “abre puertas” y en sus diarios “se ve la preocupación que tenía por indagar e investigar el lenguaje poético así como sus preocupaciones estéticas, que no eran frecuentes en su época, al menos en Latinoamérica”, añade la traductora y poeta.