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Presentamos hoy una muestra de la obra poética del poeta colombiano Juan Davida Sanabria.  Les dejamos algunos de sus poemas publicados en sus más recientes libros:

De Lamentos de la tierra del cóndor (2016)

Lamento de Bacatá
(Dedicado a las víctimas del Palacio de Justicia, Noviembre de 1985).

Al tiempo que se incendió Bacatá

los caminos ardieron para carbonizados transeúntes.
Al momento que la noche se hizo destello de fuego,
se quemaron los ojos de una ciudad
que se había negado a ver su realidad.
A la hora en que cavamos agujeros,
no encontramos raíces, no encontramos la tierra,
solo hallamos fosas y masacradas osamentas.
Al tiempo que soñábamos, con lejanas y heroicas guerras,
violaban los tanques el inocente encanto
de esta madre anónima, incrustada en centenarias piedras.
Al tiempo que cayó la noche
ya nunca más amaneció,
al tiempo que llegó la borrasca,
solo ruinas y lamentos encontró.

 

De Ciudad de versos tristes (2017)

Octubre

El olor húmedo de octubre es una de las pocas cosas que acontecen, que son.
Es un olor a trópico, a papagayos que vuelan sobre el fuego,
a maderas que se pudren bajo el calor ardiente del caudal portentoso
donde habitan las rosáceas toninas,
una humedad azarosa, que hiede a amapola y memoria,
que encoge las raíces de las plantas de coca,
y me envenena de hastío caluroso, obligándome a vivir, a moverme
a salir del encierro de estas casas mustias,
que tanto tiempo llevaban sin tufillos acuosos,
sin sensaciones que evocaran los tiempos de la vida.

En octubre, hediento a calor de vida, a selva, a ancestros
después de muchos años, descalzo, curioso, temeroso,
salí un tarde incierta para recorrer de nuevo la ciudad.
Me quemaba los pies el roce con las calles,
aún calientes, arrasadas por el ardor de la batalla.
Mis pasos eran pequeños, tristes, solitarios,
y a través de ellos se encontraban las heridas de mis pies
con las llagas espirituales de estas avenidas,
cuyos nombres le están vedados a la memoria.

Caminaba entre ruinas grisáceas, asfixiado por el polvo del olvido,
quemado por las brasas de la guerra, espantado por espectros del pasado,
descalzo, curioso, temeroso.
Se diría, pensando, que esta urbe
había sido extirpada del presente, de la vida, de la historia,
haciendo imposible habitarla, vivirla, palparla
y me dolía la ciudad,
un dolor en una indeterminada célula del alma
un padecimiento en la raíz del inconsciente, una migraña frenética del ser,
que caminado a rastras fracasaba, buscando en los despojos,
los recuerdos de su infancia, las añejas historias del abuelo,
los vestigios de existencia,
las huellas de lo que alguna vez fue una vida,
con un dolor sin sitio destinado.

Cuando inició la lechuza su primer vuelo,
ya estaba irremediablemente perdido, al borde casi del mismísimo olvido,
hundido en las melancolías fangosas,
de los espasmos tórridos de Octubre.

 

Te busco

Esta existencia se reduce a recorrer caminos desolados
en los que camino, te recuerdo y te busco.
Marchando en círculos cuadráticos,
transitando calles derruidas, ruinas bombardeadas,
lugares presos del olvido,
recorriéndolos palmo a palmo,
explorándolos, peregrinándolos, vagabundeándolos,
y en cada uno de ellos te busco.
Busco tu risa de oro, tu mirada de cristal, tu voz de fuego,
preguntando a las estrellas por los sonidos de tu risa,
averiguando al viento por el lugar de mis recuerdos,
escrutando remolinos polvorosos,
para intentar describir las lejanas formas de tu rostro.
Más solo encuentro,
mis propias huellas congeladas, olvidadas, perdidas,
que me recuerdan impolutas,
todo aquello que viví a tu lado,
vivencias ya olvidadas, escondidas y sepultadas.
Quiero hallarte,
hacerte vicio para que corras en mis venas como caudaloso río,
convertirme en sacramento prohibido para ti,
para adorarte en olvidadas piedras, para cantarte en olvidadas lenguas,
espejearme en tus ojos y lograr un místico cruce de miradas
como el que nadie ha tenido jamás.

Me muevo por la ciudad entera,
entre el ruido de la gente,
y los estallidos en los cielos,
ruidos que me envuelven, que me agobian,
que me distraen de mi angustiosa búsqueda,
que me alejan velados de ti.
Y temo que ya nunca logre verte,
temo que nuestra unión ya no regresará,
que serán distintos anhelo y destino,
mientras te hundes en el olvido,
más allá de lo que es posible hablar,
como una sombra sin pena que invisible
se mueve en una dimensión distante, justo al lado mío,
espejismo con el que ya no podré alucinar.

Pero a pesar de todo,
devoro con mis pasos la distancia
del laberinto ruinoso en que se ha convertido esta ciudad,
y cuento lunas, amaneceres, ocasos y temporadas de cometas siderales,
caminando, deseando, soñando.
Simplemente,
cada día de este apocalipsis,
yo te busco.

 

Una oración entre las ruinas

Trencé mis largos cabellos en la tierra del cóndor;
monté un demonio mecánico y me lancé con furia hacia la muerte con mis armas.
Bebí en totumas el guarapo fermentado con cenizas de las tierras arrasadas
y partí al encuentro, con mi rostro tapado, de las ruinas del divino templo de las añoranzas.
Pues muertos están ya los duendes, los ángeles y los ancianos mohanes,
y se quedó ciego un antiguo dios por el incandescente brillo de las explosiones,
han huido los ocultos dioses y ya no vigilan mis sueños ni me hablan en visiones;
desde que machacaron a golpes la luna, y machetearon dementes a los espíritu del bosque,
días aciagos que cambiaron nuestra siembra, nuestra vida, nuestra tierra,
barbarie incrustada en las parcelas, en las que solo crecen espinos,
buenos para coronar la frente de los caídos.

Me arrodillo y rezo en este paraje devastado,
temeroso de que nadie pueda ya escuchar mis oraciones,
¡qué terrible fue la noche, noche violenta,
carnaval de sangre en el que violentamos a los dioses!
¡Que terrible es esta soledad de las ruinas de la guerra,
en la que bebemos cenizas, oramos a los ancestros,
y buscamos algo que nos mate o nos reviva!

 

Amantes sobre ruinas.

Han sobrevivido a la hecatombe, a las bonanzas que secaron la tierra,
a las masacres con sierras eléctricas, a los magnicidios, al servicio militar,
a los tiroteos, a las desapariciones, a la guerra silenciosa,
al furibundo apocalipsis.
Han dado un salto a una nueva alba, han dejado sus heridos cuerpos a la luz de los luceros,
han cantado la tristeza en la que nace el mundo nuevo.
Este será un mundo de versiones, de propuestas, de ideas, de indecisiones.
Quién dejará de amarse en la soledad del mundo
post apocalíptico,
quién renunciará a un amor que reviva el mundo quién impedirá el carnal ritual,
que haga temblar lo que quedó del mundo, que sea capaz de resucitar a los dioses.

La guerra, la eterna guerra termina, solo quedan, sucios, lodosos, desprolijos
dos amantes hedientos de batalla, dos cuerpos lujuriosos que se devoran sobre ruinas.


Juan David Sanabria

Poeta nacido en Bogotá, Colombia, en 1984. Estudió literatura en la Universidad Nacional de Colombia y cursó una Maestría en Filosofía Latinoamericana en la Universidad Santo Tomás. En el año 2016 publica su primer libro de poesía, Lamentos de la tierra del cóndor, texto que busca reencontrarse con la identidad espiritual andina para poder exorcizar la memoria de los fantasmas de la guerra en Colombia. De este primer texto sobresale el poema Lamento de Bacatá escrito en memoria de las víctimas del holocausto del Palacio de Justicia en 1985.
En el año 2017 publica su segundo texto, Ciudad de Versos Tristes, con el que obtuvo el premio a la obra poética sobre la paz y el posconflicto otorgado por la ciudad de Chía, Colombia. En este texto, la voz poética se desplaza por una ciudad laberíntica en la que reconstruye una memoria de la violencia, mientras se pregunta sobre la posibilidad de la poesía y el amor en un mundo golpeado por el horror bélico. Sobresalen de este trabajo los poemas Octubre y Amantes sobre ruinas.
A partir de su segundo libro, obtiene reconocimiento a nivel nacional y es invitado a eventos como el Recital de poesía sin fronteras en Bogotá, y a los festivales de poesía del Putumayo, en la amazonia Colombiana, y Fusagasugá en el centro del país.
En Noviembre de 2017 la ciudad de Chía le otorga el Premio a la obra poética por su texto Un blues en el Rio Grande de la Magdalena ( inédito), poema extenso en el que la voz poética se dirige hacia la muerte, remontando el cauce del río la memoria histórica, cultural y simbólica de la nación colombiana, mediante una estructura textual polifónica que combina elementos de la cultura afro, pasajes en lengua quechua y muisca, con la tradición musical latinoamericana.

Twitter: @juandavoland
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