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Henry se sirvió un trago y miró por el ventanal la desolada y ardiente calle de Hollywood. Dios santo, había llevado una vida de perros, y aún estaba como al principio. La muerte estaba al lado, la muerte siempre estuvo allí. Había cometido un tonto error y había comprado un periódico underground, en el que aún andaban divinizando a Lenny Bruce. Había una foto suya, muerto, justo después de estirar la pata. Sí, por supuesto, a veces Lenny había sido ingenioso como con su «¡No puedo llegar!»…, aquélla había sido su obra maestra. Pero en realidad, Lenny no había sido nada del otro mundo. En fin, todos acabamos muertos. Es pura matemática. Nada nuevo. Todo consiste en esperar, ése es el problema.

Sonó el teléfono. Era su chica.
—Oye, hijo de puta, estoy harta de tus borracheras. Ya tuve bastante con mi padre…
—Oh, vamos, no es para tanto.
—Lo es, y no voy a aguantarlo más.
—Deliras, palabra.
—No, estoy harta, me oyes, estoy harta. Te vi en la fiesta, mandando por más whisky, por eso me
fui. Ya estoy harta, no voy a aguantar más…

Su chica colgó. Se levantó y se sirvió un whisky con agua. Se lo llevó al dormitorio; se quitó la camisa, los pantalones, los zapatos, los calcetines. Se tumbó en la cama en calzoncillos, con el whisky. Eran las doce menos cuarto. Sin ambición, sin talento, sin oportunidades. Lo único que le mantenía fuera del basurero era la pura suerte, y la suerte nunca dura. En fin, era una lástima lo de Lu, pero Lu quería un triunfador. Vació el vaso y se incorporó. Cogió Resistencia, rebelión y muerte de Camus… Leyó unas páginas. Camus hablaba de la angustia y el terror y de la miserable condición del Hombre, pero hablaba de ello de un modo tan florido y agradable… su lenguaje… uno tenía la sensación de que las cosas no le afectaban ni a él ni a su forma de escribir. En otras palabras, las cosas igual podrían ir sobre ruedas. Camus escribía como un hombre que acabara de darse una buena cena con bistec, patatas fritas y ensalada, todo regado con una botella de buen vino francés. Tal vez la humanidad sufriera; él no. Tal vez fuera un sabio, pero Henry prefería a alguien que chillara cuando se quemaba. Dejó caer el libro al suelo e intentó dormir. Lo de dormir siempre era un problema. Se daba por satisfecho si conseguía dormir tres horas cada veinticuatro. En fin, pensó, las paredes todavía siguen ahí; si un hombre tiene cuatro paredes, tiene una oportunidad. Fuera, en la calle, no había nada que hacer.

Sonó el timbre.
—¡Hank! —gritó alguien—. ¡Eh, Hank!
Mierda, pensó. ¿Quién será?
—¿Sí? —preguntó, allí tumbado en calzoncillos.
—¡Eh! ¿Qué haces?
—Espera un momento…
Se levantó, cogió la camisa y los pantalones y salió al recibidor.
—¿Qué haces?
—Vistiéndome…

—¿Vistiéndote?
—Sí.

Eran las doce menos diez. Abrió la puerta. Era el profesor de Pasadena; daba clases de literatura
inglesa. Le acompañaba un bombón. El profe le presentó al bombón. Era una editora, de una de las grandes editoriales de Nueva York.
—Qué preciosidad —dijo, y se acercó y le dio un apretón en el muslo derecho—. Te quiero.
—Eres rápido —dijo ella.
—Bueno, ya sabes que los escritores siempre han tenido que besarles el culo a los editores.
—Creía que era al revés.
—Nada de eso. Es el escritor el que se muere de hambre.
—Quiere ver tu novela.
—Sólo tengo un ejemplar en edición de tapa dura. No puedo dárselo.
—Dáselo. Podrían comprártela —dijo el profe.
Hablaban de su novela, Pesadilla. El supuso que lo que la chica quería era un ejemplar gratis de la
novela.

—Íbamos a Del Mar, pero Pat quería verte en persona.
—¡Qué amable!
—Hank leyó sus poemas a mis alumnos. Le dimos cincuenta dólares. Estaba cagado de miedo y
lloraba. Tuve que arrastrarle para colocarle frente a los chicos.
—Fue indignante. Sólo cincuenta dólares. A Auden le daban dos mil. No creo que haya tanta diferencia entre él y yo. En realidad…
—Sí, sabemos lo que piensas.
Henry recogió del suelo los folletos de las apuestas hípicas atrasados, a los pies de la editora.

—Me deben mil cien dólares. Y no hay manera de cobrar. Las revistas porno se han puesto imposibles. He llegado a conocer ya a la chica de la oficina. Una tal Clara. «Hola, Clara —le digo por teléfono—. ¿Qué tal el desayuno?» «¿Qué hay, Hank, ya has desayunado?» «Claro —le digo—. Dos huevos hervidos.» «Ya sé por qué me telefoneas», me dice. «Por supuesto —le digo—. Por lo de siempre.» «Bueno, lo tenemos aquí, nuestra factura 984765 por 85 dólares.» «Y hay otra, Clara. Vuestra factura 973895, por cinco relatos, 570 dólares.» «Oh sí, bueno, procuraré que el señor Masters firme los cheques.» «Gracias, Clara», le digo. «Oh, no hay de qué —dice ella—, vosotros os merecéis vuestro dinero.» «Sí, claro», digo. Y entonces ella dice: «Y si no recibes el dinero, llámame otra vez, ¿eh? Ja, ja, ja.» «Sí, Clara —le digo—, volveré a llamarte.»

El profesor y la editora se reían.
—No hay manera, maldita sea, ¿alguien quiere un trago?
No contestaron, así que Henry se sirvió uno.
—He intentado incluso hacerme rico apostando en las carreras. Empecé bien, pero luego tuve una racha de mala suerte. Tuve que dejarlo. Sólo puedo permitirme ganar.
El profesor empezó a explicar su sistema para ganar en Las Vegas. Henry se acercó a la editora.
—¿Por qué no nos vamos a la cama? —dijo.
—Muy ingenioso —dijo ella.
—Sí —dijo él—. Como Lenny Bruce. Pero él está muerto y yo casi.
—Sigues siendo ingenioso.
—Sí, soy el héroe. El mito. El incorruptible, el único que no se ha vendido. Mis cartas se subastan en el Este por 250 dólares. Y no puedo comprarme ni una bolsa de pedos.
—Los escritores siempre andáis gritando «que viene el lobo».
—Puede que por fin haya llegado el lobo. No se puede vivir del alma. Con el alma no se puede pagar el alquiler. Inténtalo y verás.
—Quizá debiera irme a la cama contigo —dijo ella.
—Vámonos, Pat —dijo el profe, levantándose—. Tenemos que ir a Del Mar.
Se encaminaron hacia la puerta.
—Me alegro mucho de haberte conocido.

—Claro —dijo Henry.
—Triunfarás.
—Claro —dijo él—. Adiós.
Volvió al dormitorio. Se desnudó y volvió a tumbarse en la cama. Quizá lograse dormir. El sueño era como la muerte. Por fin se durmió. Estaba en el hipódromo. El tipo de la ventanilla le daba dinero y él se lo guardaba en la cartera. Era muchísimo dinero:
—Debería comprarse usted una cartera nueva —le dijo el tipo—. Esa está rota.
—No —dijo él—. No quiero que la gente sepa que soy rico.
Sonó el timbre.
—¡Eh, Hank! ¡Hank!
—Bueno, bueno… un momento…
Se vistió otra vez y abrió la puerta. Era Harry Stobbs. Stobbs era otro escritor. Conocía a demasiados escritores.
Stobbs entró.
—¿Tienes dinero, Stobbs?
—Demonios, no.
—Está bien, yo pagaré la cerveza. Creí que eras rico.
—No, estaba viviendo con la tía aquella en Malibú. Me vestía bien, me alimentaba. Me puso de patas en la calle. Ahora vivo en una ducha.
—¿Una ducha?
—Sí, es magnífica. Tiene puertas correderas de cristal auténtico.
—Está bien. Vamos. ¿Tienes coche?
—No.
—Iremos en el mío.
Entraron en el Comet del 62 y enfilaron hacia Hollywood y Normandy.
—Vendí un artículo aTi m e . Chico, creí que pagaban muy bien. Hoy recibí el cheque. Aún no lo he cobrado. ¿Sabes cuánto? —preguntó Stobbs.
—¿Ochocientos?
—No, ciento sesenta y cinco.
—¿Qué? ¿La revistaTime ? ¿Ciento sesenta y cinco dólares?
—Eso es.
Aparcaron y entraron en una pequeña tienda de licores a comprar cerveza.
—Mi chica me ha mandado a la mierda —explicó Henry a Stobbs—. Dice que bebo
demasiado. Una puñetera mentira.
Sacó dos paquetes de seis latas del refrigerador.
—Estoy en las últimas. La fiesta de anoche fue fatal. No había más que escritores muertos de hambre y profesores a punto de perder el empleo. Charla de mercaderes. Insoportable.
—Los escritores son como las putas —dijo Stobbs—. Los escritores son las putas del universo.
—A las putas del universo les va mucho mejor, amigo mío.
Se acercaron a la caja.
—«Alas de canto» —dijo el tendero.
—«Alas de canto» —contestó Henry.
El tendero había leído hacía un año en Los Angeles Times un artículo sobre la poesía de Henry y no
se le olvidaba. Era su muletilla Alas de canto. A Henry al principio le fastidiaba. Pero ahora le parecía divertido. Alas de canto, ¡santo cielo!
Volvieron al coche y enfilaron de vuelta a casa. Había pasado el cartero. Había algo en el buzón.
—A lo mejor es un cheque —dijo Henry.
Entraron. Abrió dos cervezas. Luego abrió la carta. Decía así:
«Querido señor Chinaski: Acabo de terminar de leer su novela Pesadilla y su libro de poemas Fotos
desde el infierno y creo que es usted un gran escritor. Soy una mujer casada, de cincuenta y dos años, y mis hijos son ya mayores. Me gustaría muchísimo tener noticias suyas. Respetuosamente, Doris Anderson.»
La carta venía de un pueblecito de Maine.
—No sabía que aún viviera gente en Maine —le dijo a Stobbs.
—No creo que viva nadie allí —dijo Stobbs.
—Pues sí. Esta sí.

Henry echó la carta a la papelera. La cerveza estaba buena. Las enfermeras llegaban a casa, al alto edificio de apartamentos de enfrente. Vivían allí muchas enfermeras. Casi todas llevaban uniformes transparentes y el sol de la tarde hacía lo demás. Henry y Stobbs se quedaron allí viéndolas salir de sus coches y cruzar la entrada acristalada, camino de sus duchas, sus teles y sus puertas cerradas.
—Fíjate en aquélla —dijo Stobbs.
—Ufff.
—Mira la otra.
—¡Ay, Dios!
Se comportaban como chavales de quince años, pensó Henry. No merecemos vivir. Apuesto a que Camus nunca atisbo por las ventanas.
—¿Cómo te las vas a arreglar, Stobbs?
—Bueno, mientras tenga esa ducha, no hay problema.
—¿Por qué no consigues un trabajo?
—¿Un trabajo? No digas disparates.
—Supongo que tienes razón.
—¡Mira aquélla! ¡Mira aquella otra, qué culo!
—Sí, qué barbaridad.
Se sentaron. Siguieron dándole a la cerveza.

—Masón —le dijo a Stobbs, refiriéndose a un joven poeta inédito— se ha ido a vivir a México. Caza, tiene un arco y flechas, pesca. Tiene mujer y una sirvienta. Tiene cuatro libros en perspectiva. Escribió incluso una novela del Oeste. El problema es que, cuando estás fuera del país, cobrar es casi imposible. La única manera de cobrar es amenazarles de muerte. A mí se me dan muy bien esas cartas. Pero si estás a mil kilómetros de distancia, saben que te aplacarás antes de llegar a su puerta. Pero me gusta eso de cazar para comer. Es mejor que acudir a la asociación de la prensa. Te imaginas que los animales son editores y redactores. Es estupendo.

Stobbs se quedó hasta las cinco. Se lamentaron de la situación de los escritores, de las angustias de escribir, de lo asquerosos que eran los tipos con éxito. Tipos como Mailer, como Capote. Luego, Stobbs se fue y Henry se quitó la camisa, los pantalones, los zapatos y los calcetines y volvió a tumbarse en la cama.

Sonó el teléfono. Estaba en el suelo, junto a la cama. Estiró el brazo y descolgó. Era Lu.
—¿Qué haces? ¿Estás escribiendo?
—Yo apenas escribo.
—¿Estás bebiendo?
—Estoy en las últimas.
—Creo que necesitas una enfermera.
—Ven conmigo esta noche al hipódromo.
—Bueno. ¿A qué hora pasarás?
—¿Vale a las seis y media?
—De acuerdo.
—Entonces adiós.
Se estiró en la cama. Bueno, estaba bien lo de volver con Lu. Le iba bien ella. Tenía razón, bebía
demasiado. Si Lu bebiese como él, no la querría. Sé justo, hombre, sé justo. Mira lo que le pasó a Hemingway, siempre sentado con un vaso en la mano. Mira a Faulkner, mírales a todos. En fin, una mierda.
Sonó el teléfono otra vez. Lo descolgó.
—¿Chinaski?
—¿Sí?
Era la poetisa, Janessa Teel. Tenía un cuerpo bonito, pero nunca se había acostado con ella.
—Me gustaría que vinieras a cenar mañana.
—Estoy con Lu, sabes —dijo. Dios mío, pensó, soy leal. Dios mío, pensó, soy un buen chico. Dios mío.
—Que venga contigo.
—¿Crees que sería adecuado?
—Por mí no hay problema.
—Oye, te llamo mañana. Ya te diré.
Colgó y volvió a echarse. Durante treinta años, pensó, quise ser escritor y ahora soy escritor. Bueno,
¿y qué?Sonó otra vez el teléfono. Era Doug Eshlesham, el poeta.
—Hank, chaval…

—¿Sí, Doug?
—Estoy jodido, chaval, necesito cinco dólares, sabes. Tienes que dejármelos.
—Doug, los caballos me han hundido. Estoy sin blanca, en serio.
—Vaya —dijo Doug.
—Lo siento, chaval.
—Bueno, está bien.

Doug colgó. Doug ya le debía quince. Pero él tenía esos cinco dólares. Debería habérselos dado. Doug probablemente estuviera alimentándose con comida de perro. No soy un buen chico, pensó. Dios santo, no lo soy, no.
Se tumbó en la cama, henchido de no gloria.

Charles Bukowski