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PRIMERA PARTE

Éste era un gato. Una vez se extravió. Venía por un camino, cerca de unos cuantos bosques. Por los alrededores abundaban los prados. En el camino estaban abandonadas unas cucharitas de té revueltas con trompos. El gato venía por este camino. Un vecino lo encontró y lo llevó a su casa. Su hijo se lo pidió, pero él no se lo quiso dar. Envolvió el gato en unos papeles y fue a entregárselo al dueño.
—Tome su gato.
—Muchas gracias. Enseguida voy a venderlo.
—No lo venda.
—Tengo que venderlo. Discúlpeme. Páseme mi sombrero.
Salió hecho una tromba. Se llevó el gato al mercado. Lo llevaba envuelto negligentemente en unos papeles.
—Vendo esto.
Pasó el Intendente, pero no quiso comprarlo.
—¿Quién compra un lindo felino?
—Yo quiero comprar uno para mi hijo que está enfermo del sarampión desde hace tres semanas —respondió el tabernero. A ver, muéstremelo.
—Aquí está el gatito.
—No puede ser. Yo no los compro así.
El dueño lo envolvió en unos papeles y se lo llevó a su casa. Por el camino compró naranjas. Allá le dijo a su mujer:
—La gente no quiere comprarlo. Ahí lo tienes. Te lo regalo.
Su mujer estaba sacando agua del pozo.
—Déjalo en la despensa —contestó ella.
Por la tarde vino un niñito a ver si se interesaba por el gato, pero éste le arañó la cabeza. Cuando llegó a casa su padre le dio de palos porque era un hijo testarudo.
Cinco días después el gato se extravió por unos caminos. En los recodos brillaban unas cucharitas de té revueltas con trompos. De los montones de piedras embarradas asomaban cogollos de trébol.
El hombre del lado lo encontró y pensó: se lo llevaré a mi hijo. Pero su mujer lo increpó:
—¿Te vas a quedar con el gato?
Por eso el hombre se fue donde su vecino y le dijo:
—Tome su gato.
—Muchas gracias.
La mujer del dueño estaba haciendo pan.
—Anda mañana al pueblo a vender este gato.
Mientras procuraba envolverlo, el gato se echaba hacia atrás. Varias veces se le cayó y, por lo demás, una vez le dio un pisotón. El gato gritó en forma desmedida. Al último el dueño no lo quiso recoger. Tenía jaqueca.
—Recoge ese gato —le dijo su mujer.
Pero él desobedeció. Además era flojo y mal marido. El fogonero lo pilló y se lo pasó.
—Gracias.
El gato estuvo a punto de arañar al fogonero. Mas, como era tolerante, se retuvo.
—Vendo este gato.
A intervalos se comía un pepino.
Pasó el Intendente. Pero se hizo que iba apurado. El dueño sintió despecho. Más tarde pasó el tabernero. Miró hacia un lado y sacó el reloj para ver la hora. Después se echó las manos a los bolsillos y aligeró el paso.
Entonces el dueño dejó el gato sobre una pequeña mesa y se fue para la casa. Cada dos cuadras se encontraba un diez.
Un niñito que iba a comprar calugas lo desenvolvió con toda clase de cuidados para después hacerle cariño. Pero el gato lo arañó. El herido pensó vengarse. Al rato lo había olvidado.
Después pasó un perro lanudo lleno de trunes. Olfateó al gato y enseguida se fue. En la esquina dobló para la plaza.
A los pocos días el gato se extravió por unos bosques. Empezaban a caer los primeros granizos. Más allá del puente había un molino. Los torrentes trizaban los amaneceres.

PARTE SEGUNDA

Anda que te anda el gato llegó a Nicaragua. Como el camino estaba embarrado llevaba las patitas muy sucias. También las llevaba mojadas. A veces una chicharra se le paraba en los mostachos. Pero después se iba. Por el camino tuvo que atravesar varias chacras. Cuando llegó a Francia iba con mucho frío porque había hecho la caminata en pleno invierno. De vez en cuando se detenía a lamerse el pelaje. Perdida en los bosques encontró una posada alumbrada por media docena de faroles. En el jardín los chiquillos hacían unas pocas barbaridades. La señora lo vio por la ventana y en un principio no le hizo caso. Después salió cautelosamente y lo sorprendió pisando sobre unos guijarros. Miró para todos lados para cerciorarse que nadie la mirara y se guardó el gato.
Se lo mandaré a mis tías, pensó para sus adentros. Algunas horas más tarde les escribió un telegrama diciéndoles: Va gato. Saludos.
Lo mandó a la estación de postas con uno de sus hijos. Éste regañó pero no podía oponerse.
Al otro día echaron el gato en la diligencia. El cochero quedó un poco intrigado cuando vio el pequeño bulto. Después no se preocupó de eso. El gato quedó al lado derecho de unas gallinas. Se sentía humillado. Las gallinas no se fijaron en él.
Las tías lo encontraron flamante y contestaron: Recibimos conforme gato. Gracias. ¿Cuándo vendrás? Saludos.
El gato le tomó rencor a una tía. La hallaba muy relamida y lo pisaba a menudo. Además no le daba nunca pescado.
Pero el dueño echó de menos a su gato porque el Intendente quería comprárselo. Una vez llegó muy agitado a Francia. Ahí recuperó su gato. Se volvió satisfecho. El Intendente lo esperaba en la puerta con el sombrero en la mano.
—¿Cuánto pide por el gato?
—Ahí lo tiene.
—He venido a comprárselo. No me trate así.
Desenvolvieron el gato pero lo hallaron cojo. Por eso el Intendente se arrepintió de comprarlo. Subió a su caballo y se alejó al trote.
En esos mismos días la mujer del dueño dio a luz dos mellizos. La comadrona admiró mucho al gato. El dueño cerraba bien la puerta para que no le entrara frío a la parturienta. Afuera caía granizo sobre los pollos nuevos. El pasto no se alcanzaba a secar durante el día. Como hacía frío el gato sintió deseos de acostarse en la manta del dueño. Pero la halló con demasiado olor a sudor. Se habría acostado en la batea que había en el corredor, pero a última hora prefirió salir a dar una caminata por los tejados. Mas las mariposas nocturnas se le paraban en los mostachos. Aunque después se iban, él se sentía molesto. Por eso volvió a casa y se acostó a orilla del rescoldo. A su espalda quedaban unos cacharros y uno que otro rollo de alambre de púa.

PARTE TERCERA Y ÚLTIMA

El gato iba por un camino. Se hizo enemigo de unas chicharras. Cuando se quedaba dormido venían a parársele en los mostachos. Sabían que eso le desagradaba.
Al otro lado de la colina vivía un muchacho que se llamaba Rimbo-Mimbo. Andaba con las carteras repletas de porquerías. Siempre iba con la cara sucia con tierra y otras mugres. Sus hermanos lo maltrataban. Por las tardes de sol llevaba membrillos a la escuela. Rimbo-Mimbo andaba con pantalones cortos aún. Era la mar de aficionado a andar con ropa nueva. Rimbo-Mimbo era porfiado pero muy alegre. Cuando iba de visita se extraviaba por seguir a las liebres y lagartijas, ese día fue a unos caminos que no había visto antes. Allí tropezó con el gato. Lo cogió por las piernas y se lo llevó a un gran amigo que tenía en la montaña.
A la vuelta compró membrillos y por la tarde estuvo jugando al volantín. Al otro día por la mañana se le cortó un botón del chaleco.
Tres meses después llegó el dueño del gato. Venía agitado. Abrió la puerta y preguntó:
—¿Trajo aquí Rimbo-Mimbo algún gato?
— Sí —respondió el montañés desde el lagar—. Debajo del parrón está amarrado. Lléveselo.
El dueño almorzó con el montañés. Después envolvió cuidadosamente el gato y partió.
— Aquí lo tienes —le dijo a su mujer—. Te lo regalo.
Los mellizos se lo pasaban haciendo toda clase de jugarretas con el gato. Les gustaba mucho peinarlo. A medida que crecían se iban poniendo serios. Daba gusto verlos. Por la noche el gato dormía en una batea cerca del rescoldo. De vez en cuando lo pisaban. A su espalda quedaban unos cacharros. Los rollos de alambre de púa los habían llevado al corredor.
Un día de granizo el gato se perdió. Pasó por Nicaragua. La señora se había cambiado. En Francia las tías se habían muerto. Rimbo-Mimbo ya se había alargado el pantalón cuando tropezó con el gato en pleno camino. Pensó para sí: Parece que lo conociera. Pero el gato se estaba poniendo viejo.
—Me gustaría dejarlo para mi hijo —murmuró Rimbo-Mimbo.
Mas su mujer lo increpó.
—¿No vas a devolverlo, mal marido?
Por eso Rimbo-Mimbo se fue derechito a la casa del dueño.
—Gracias —respondió éste.
Por ese tiempo los mellizos estaban bien crecidos. A la semana el gato desapareció. Iba por un camino. En los recodos brillaban trompos revueltos con cucharitas de té. De los montones de piedras embarradas asomaban cogollos de trébol. Los mosquitos eran amigos del gato.

Nicanor Parra