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Ernesto Guevara de la Serna nació en Rosario, Argentina, el 14 de junio de 1928, año marcado por eventos importantes, coincidencias tal vez omisibles que después el joven Ernesto tomaría como inspiración. Eventos como la deportación de León Trotsky, mentor de la revolución bolchevique. Guevara, desde su adolescencia, se vio interesado por el mundo de la literatura, la biblioteca de su casa muy pronto se vio invadida por libros de literatura universal, de historia, de psicología, arte, aventuras, incluso había libros traducidos al francés, ejemplares de las obras de Marx, Engels, Lenin y, sobre todo, libros de filosofía, tema con el que se familiarizaría para después, a sus 17 años, redactar su propio diccionario filosófico.

Hombre de una gran cultura, interesado desde pequeño por la lectura, como lo afirmaría tiempo después su gran amigo Alberto Granados: “A los 14 años leía a Freud, se enamoró también de la poesía de Charles Baudelaire… leyó a Dumas padre, a Verlaine y a Mallarmé en su lengua original. Posteriormente, bajo la influencia de los republicanos exiliados, se volvería hacia Federico García Lorca y Antonio Machado… También se aficionó al poeta chileno Pablo Neruda…”

Justamente, su gran amigo Granados fue quien lo acompañó en esta gran aventura, esa metamorfosis en la que Ernesto se vio inmiscuido desde su llegada a Buenos Aires, esa vida de lucha y gritos revolucionarios, esa vida llena de peligro y muerte. Esa vida que lo llevaría a esconderse y luchar desde la clandestinidad que le proporcionaba la Sierra Maestra. Justamente fue Granados quien lo acompañó en esos largos viajes por América, viajes que acabarían de transformarlo no sólo en el joven revolucionario que conocíamos y que muchas generaciones toman ingenuamente como estandarte para rebelarse ante ideas y sociedades que poco a poco los matan, sino que lo convertía, a su vez, en ese poeta incansable, en ese trovador de la Sierra Madre, en aquel fantasma que recitaba poemas de Manchado en la penumbra del olvido. Al regresar de su viaje por América, el Che escribiría en su diario: “(…) Que nuestra vista nunca fue panorámica, siempre fugaz y no siempre equitativamente informada, y los juicios son demasiado terminantes (…) El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina, el que las ordena y pule, yo, no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior. Ese vagar sin rumbo por nuestra Mayúscula América me ha cambiado más de lo que creí.” Después de leer este pequeño fragmento me es imposible no pensar en el joven poeta Rimbaud, que escribiría en una carta que poco después se titularía “Carta del Vidente”: “Yo es otro” o en francés: (Je est un autre). Muy a su modo, Ernesto Guevara también renunciaba a su antigua identidad, a sus viejas ideas, para convertirse en un hombre renovado, un hombre lleno de hambre de justicia y belleza poética.

Y sí, sabemos que a Ernesto Guevara le apasionaba leer, y sabemos de fuentes muy cercanas algunos autores de los que se enamoró desde su juventud, pero ¿qué versos exactamente eran los que calmaban las ansias y el miedo del feroz comandante?, ¿qué letras calmaban su ira, su enojo…? ¿qué versos fueron los que domaron a ese hombre salvaje que ni siquiera la CIA pudo domar en sus últimos días? Enserio, qué poemas fueron los que lo llevaron a decir sin temor frente al pelotón de fusilamiento: ¡Apunte bien! ¡Va usted a matar a un hombre!

El cuaderno verde del Che es un libro que recopila los poemas anotados por Guevara durante un largo periodo de su vida, poemas que muchos de sus soldados y más allegados amigos, dicen, no se cansaba de leer; poemas que lo cautivaron y lo acompañaron hasta su muerte. Como lo diría el mismo autor del prólogo del libro, Paco Ignacio Taibo II: “Finalmente me di cuenta de que el cuaderno verde era una antología hecha por el Che. El libro que lo acompaño hasta el día de su muerte”.

A continuación te presentamos algunos de los poemas que conforman esta antología personal del Che:

Pablo Neruda

Farewell

Desde el fondo de ti, y arrodillado,
un niño triste como yo, nos mira.

Por esa vida que arderá en sus venas
tendrían que amarrarse nuestras vidas.

Por esas manos, hijas de tus manos,
tendrían que matar las manos mías.

Por sus ojos abiertos en la tierra
veré en los tuyos lágrimas un día.

Yo no lo quiero, Amada.

Para que nada nos amarre
que no nos una nada.

Ni la palabra que aromó tu boca,
ni lo que no dijeron tus palabras.

Ni la fiesta de amor que no tuvimos,
ni tus sollozos junto a la ventana.

Amo el amor de los marineros
que besan y se van.

Dejan una promesa.
No vuelven nunca más.

En cada puerto una mujer espera:
los marineros besan y se van.

(Una noche se acuestan con la muerte
en el lecho del mar.)

Amo el amor que se reparte
en besos, lecho y pan.

Amor que puede ser eterno
y puede ser fugaz.

Amor que quiere libertarse
para volver a amar.

Amor divinizado que se acerca
Amor divinizado que se va.

Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
ya no se endulzará junto a ti mi dolor.

Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada
y hacia donde camines llevarás mi dolor.

Fui tuyo, fuiste mía. ¿Qué más? Juntos hicimos
un recodo en la ruta donde el amor pasó.

Fui tuyo, fuiste mía. Tú serás del que te ame,
del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.

Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy.

…Desde tu corazón me dice adiós un niño.
Y yo le digo adiós.

 

César Vallejo

Espergesia

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hermano, escucha, escucha…
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.

Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que mastico… Y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.
Todos saben… Y no saben
que la luz es tísica,
y la Sombra gorda…
Y no saben que el Misterio sintetiza…
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.

 

León Felipe

Cristo

Cristo, te amo
no porque bajaste de una estrella
sino porque me descubriste
que el hombre tiene sangre,
lágrimas, congojas…
¡llaves, herramientas!
para abrir las puertas cerradas de la luz.
Sí… Tú nos enseñaste que el hombre es Dios…
un pobre Dios crucificado como Tú.
Y aquel que está a tu izquierda en el Gólgota,
el mal ladrón…
¡también es un Dios!


Artículo publicado originalmente en la revista electrónica Cultura Colectiva  el 3 de noviembre de 2015 por Erick Quezada.