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Este año se cumplirán 100 años del nacimiento de Mario Benedetti. Dejamos a continuación un curioso artículo publicado por el escritor sobre sus predicciones para el Siglo XXI que apareció en el diario El País el 25 de abril de 1994:

Cuando vuelva el Delfín

No creo en la reencarnación. Ah, pero si creyese, me gustaría volver a este valle de lágrimas y berrinches a mediados (o en todo caso a fines) del siglo XXI. Una suerte de Earth revisited. Según los egipcios, la idea de metempsicosis los llevaba a creer que el hombre, una vez cumplido su ciclo vital, reencarnaba en diversos animales. No es improbable que dentro de medio siglo esa fantasía sufra restricciones, ya que, según los últimos datos del curso antiecológico, dentro de algunos decenios tal vez no haya elefantes ni ballenas ni rinocerontes ni osos ni pingüinos. Lo único seguro es que habrá cucarachas. Esta es una de las razones que me alejan de la metempsicosis: una cosa es regresar como pingüino y otra muy distinta volver como cucaracha. Con un Gregorio Samsa ya es suficiente.Si a uno lo dejaran elegir, la conversión sería más sencilla. No dudo que algún intelectual quiera volver como pavo real; algún político, como rinoceronte; algún filósofo, como búho; algún atleta, como gamo; algún banquero (bolsa más, bolsa menos), como discreto marsupial; algún burócrata, como galápago. Personalmente, preferiría integrarme con los delfines. No para jugar al básquetbol o hacer acrobacias o curar a niños autistas, como se estila en los delfinarios de Occidente, sino para captar qué está ocurriendo verdaderamente en el mundo circundante.

Siempre tuve la impresión de que los delfines (o marsopas o toninas, que de éstos y otros modos se los etiqueta) son una suerte de computadoras de última generación que todo lo registran en su memoria expandida. Con su talante aparentemente alegre, dócil y juguetón, en realidad son eruditos en conductas humanas e inhumanas. Por algo las viejas monarquías llamaban delfín al probable sucesor. También, por extensión o mimetismo acostumbran hacerlo los líderes políticos: simplemente aspiran (casi siempre, en vano) a que el futuro beneficiario posea la perspicacia, la intuición y la inteligencia de los sabios paradigmas acuáticos. Sobre tales delfines de imitación, las verdaderas marsopas tienen la ventaja de no pertenecer a ningún partido político, ni a vanguardias ni a retaguardias, ni a casas reales ni a irreales, ni a mayorías absolutas ni a minorías impolutas. Independientes de vocación, aun cuando los confinan en zoológicos o parques de diversiones, siempre son reconocibles su sonrisa irónica y su mirada socarrona.

Vaya a saber si dentro de medio siglo seguirán existiendo los delfines. Acaso la metempsicosis del futuro también los incluya y entonces regresen, ya no como cetáceos piscívoros (simpático y doble esdrújulo con que los define el Diccionario de la Real Academia, edición de bolsillo), sino como antropólogos, viceministros o árbitros de fútbol. De todos modos, como delfín o proletario, como cucaracha o criminólogo, será interesante echar un vistazo a los distintos jalones del nuevo siglo, cuando el síndrome de Estocolmo haya sido definitivamente reemplazado por el síndrome de Chiapas. En el 2092, por ejemplo, con motivo del Sexto Centenario (ora pro nobis), se presume que el pobre Colón volverá a descender de sus múltiples estatuas, aunque esta vez no para tripular fotocopias de carabelas, sino para recordarnos dónde quedaba la Amazonia antes de que la afeitara la civilización. Para entonces se sabrá quién acabó primero: si la historia o Fukuyama. Ya imaginará el lector cuántas mesas redondas, seminarios, cursos internacionales de verano y cumbres alternativas tendrán lugar en lo que quede entonces del mundo a fin de sopesar las consecuencias psicosomáticas de esa pugna. Por su parte, los epígonos de Kohl estarán empeñados en reconstruir, ladrillo a ladrillo, el muro de Berlín, en tanto que en Moscú algunos pocos turistas de Texas, Fall River y Peoria visitarán con desgana el mausoleo de Yeltsin. Mucho antes, en el 2068, habrá tal vez grandes celebraciones en París, ya que por fin se erigirá un monumento a la única víctima del lejano mayo de otro 68: aquel modesto ciudadano que huyendo de los flics cayó al Sena y, puesto que en la Sorbonne no le habían enseñado artes natatonas, pero sí la frase proverbial romana fluctus in simpulo, se ahogó en un vaso de agua.

Puede que uno de los cambios más espectaculares tenga lugar en la Iglesia, sí, por ejemplo, tras la asunción de un Papa costarricense o camerunés (decididamente, no polaco, pero, eso sí, casado por la Iglesia) y la consiguiente beatificación de Ogino, cada parroquia decidiera repartir preservativos dominicales. Si bien las mujeres habrán por fin accedido al sacerdocio, todavía persistirán los ecos de la polémica desatada por la promulgación de un onceno mandamiento, que a partir del 2057 prohibirá a la mujer codiciar al hombre de su prójima. En el mundo musulmán, en cambio, la novedad será el triunfo del feminismo fundamentalista, cuya consecuencia primordial quizá consista en el establecimiento de harenes de hombres para las mujeres que así lo deseen (y sean capaces de financlarlos). En el ex Kuwait y en la ex Arabia Saudí, nuevos integrantes del Sadamhuseinato, ya no se ahorcará a los adúlteros confesos, como se hacía en el retrógrado siglo XX, sino que se les pasará una pensión alimenticia.

Hacia el 2045, el paro seguirá siendo un problema cardinal, pero con un agravante: los parados superarán holgadamente a los trabajadores. Uno de los factores determinantes de ese desempleo universal y gigantesco será, como es lógico, la proliferación de robots, que, al reproducirse sin prisa y sin pausa, harán necesario el uso obligatorio de condones de acero inoxidable.

Los otrora inquietantes ovnis habrán pasado a llamarse ovis, por haber sido absolutamente identificados, y hasta llegarán a nuestro cándido planeta en excursiones bien organizadas, con el propósito prioritario de fotografiar a la Mona Lisa (que ya no sonreirá, vaya a saber por qué) y el cañón del Colorado, y probablemente regresarán decepcionados a sus bases al enterarse de la muerte anunciada del Disney World de París. En el 2047, los investigadores sociales comprobarán una apreciable mejoría en los medios periodísticos, como consecuencia de la Cumbre Internacional de Ministros de Ortografía. En el 2051 se celebrará en Gran Bretaña, con gran pompa, un nuevo cumpleaños de Margaret Thatcher, aparentemente recobrada de la pérdida de Gibraltar y la final europea de rugby. Aquende los Pirineos, en cambio, aún no se habrán acallado las discusiones con motivo de la cesión española de la eñe (sólo se seguirá usando en Hispanoamérica) a cambio de la recuperación del Penón (antes Peñón).

La crisis económica mundial, que en el 2055 seguirá tan campante, ocasionará un impresionante ahorro de vocales en nombres propios e impropios. Un importante simposio sobre el tema La desvocalización del Primer Mundo, a realizarse en Tegucigalpa, tratará en sendas ponencias la supresión de la primera A en Maastricht, la segunda U en WeItanschauting y la única O en el PSOE. La grave crisis no afectará de modo inmediato a las consonantes, pero la amenaza ya habrá puesto en estado de alerta a Polonia, cuyo legado cultural (con sus Goszczynski, Swietochowsky, Andrzejewski y Szczepkowski) se vería seriamente afectado. En materia de burocracia, los despidos masivos debidos al avance incontenible de la robotización y la hiperinformática habrán incidido en la paulatina formación de un lumpensekretariat y la consiguiente e imparable emigración de los afectados a naciones como Brasil y Argentina, cuyas favelas y villas miseria tienen al menos una larga tradición. En uno y otro país, los recién llegados, denominados genéricamente nordacas, cumplirán el rito de dejar ofrendas florales en los respectivos monumentos a Pelé y Maradona. Ya que provienen de países de impronta religiosa, acudirán de inmediato a la iglesia más cercana para rogarle al Señor que no permita que se dicte en esas tierras alguna ley de extranjería.
¿Cómo serán entonces las relaciones entre Estados Unidos y América Latina? Hay quien pronostica que en el 2060 habrá acabado casi inadvertidamente el bloqueo a Cuba, sobre todo porque ya nadie le hará caso. Tal como evolucionan los índices de natalidad al norte del río Bravo y/o Grande, para ese entonces ya habrá allí más negros e hispanos que rubios genuinos y ojiazules y en consecuencia es posible que el presidente sea tan negro como Louis Armstrong, aunque algo menos ronco. Y si es así, tal vez algo cambie. ¿Habrá que esperar tanto? No hay duda que será interesante echarle un vistazo al siglo Y-XI. Hoy, en pleno 1994, parece bastante probable que la tan mentada globalización de la economía acabe en una globalización de la basura; que el todavía llamado “fascismo suave” se endurezca y trate otra vez de aniquilar a Europa; que el capitalismo salvaje siga careciendo de frenos y de escrúpulos; que la destrucción ecológica proseguirá sin pausa; que el abismo entre sociedad, opulenta y sociedad menesterosa será cada vez más hondo; que el Primer Mundo seguirá viviendo a expensas del ex Segundo, el Tercero y el Cuarto. Y sin embargo.Sin embargo, creo que los decididores de este mundo injusto no lo tienen tan fácil. En distintas épocas, la humanidad ha pasado por túneles de oprobio, de abyección, de degradación, de ignominia, y siempre ha recobrado el aire, las razones de vida. Aunque no hayan sido filmadas por Spielberg, hay muchas y variadas listas de Schindler en la historia del género humano. Es difícil y hasta irrisorio hacer pronósticos para cuando uno ya no esté. No obstante, los políticos, los sociólogos, los economistas, los entrenadores deportivos, no tienen remilgos en hacerlos. Personalmente, no tengo cortedad en expresar mi confianza en que la humanidad (no sé cómo ni cuándo, o sea que mi vaticinio es bastante chapucero) se repondrá de este modesto apocalipsis. Y más aún: si allá por el 2050 o el 2090, algún delfín emerge de las aguas con su cabeza sabedora y prudente, pienso que se encontrará con un mundo en el que el hombre ya no sentirá vergüenza de sí mismo; entre otras razones, porque ya no privará de su libertad a prójimos y a delfines.

Mario Benedetti