Carmen Boullosa

Novelista, poeta y dramaturga mexicana. Nació en la ciudad de México el 4 de septiembre de 1954 y estudió Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Iberoamericana. En 1976 obtuvo la beca Salvador Novo de Bellas Artes, en 1980 la del Centro Mexicano de Escritores y en 1992 la de la Fundación Guggenheim. Fue redactora del Diccionario del Español en México de El Colegio de México y fundadora en 1983 del Taller Editorial Tres Sirenas. Ha publicado varias novelas, entre las que destacan: Mejor desaparece (1987), Antes (1989, por la que obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia), Son vacas, somos puercos (1991), El médico de los piratas (1992), Llanto (1992), La milagrosa (1993), Duerme (1994), Cielos de la tierra (1997), Treinta años (1999), Prosa rota (2000), Leaving Tabasco (2001) y De un salto descabalga la reina (2002). Obras teatrales: Trece señoritas (1983), XE Bululú (1984, coautora), Cocinar hombres (1985), Los totoles (1985), Mi versión de los hechos (1987), Aura y las once mil vírgenes (1987) y Propusieron a María (1987). Poesía: El hilo olvida (1978), La memoria vacía (1978), Ingobernable (1979), La voz y método completo de recreo sin acompañamiento (1983), La salvaja (1989), Todos los amores: Antología de poesía amorosa (1997) y La bebida (2002).

Puedes consultar mas información de la autora directamente en su página web:

www.carmenboullosa.net 

Les dejamos a continuación una selección de tres de sus poemas:

El hilo olvida

El hilo olvida,
pierde la memoria que le dicta la postura de sus hilazas y se descompone.
No sabe cómo curvarse para tener la forma del carrete.

El hilo se deshila y entra, indócil, como traspasando
el filo de un grueso cuchillo, en la sabana densa,
en las guías de las hojas del guayabo, en el tallo tranquilo
que se convierte en raíz sin subordinarse, silencioso
y tenaz hasta alcanzar la caña, hasta ser la húmeda tierra.

Pero no es de ti de quien debo hablar sino de la sorda persecución
que he proseguido hoy de mi oído a mi otro oído.
De oreja a oreja corro cuando llego más lejos.
La sorda persecución de la cólera.

Y tú duermes.
Descansas simulando agitar con tu respiración el viento.
De oreja a oreja corro;
nada puede detener mi marcha; nada la olvida.
Y no escucho la única palabra que podría detener este
silencio desflorado.

(Tú duermes.
Acaricias el borde de mi cuerpo,
simulando.)

De oreja a oreja.
Nada puede traspasar un silencio que de oreja a oreja
corre protegido por el pabellón vegetal de su sordera.

 

Tu cuerpo pulsado por sí mismo…

Tu cuerpo pulsado por sí mismo
es en mis oídos viento claro y fresco,
sonido límpido del cobre y del aliento:

eres tus labios rezumantes de lima,
eres tus ojos recubiertos de bruma,
eres tu mano fina ciñéndose cierva:

porque en ti anida el mar, eres su guía,
y de ti la más torpe raíz bebe su espina:

porque tú eres el viento
y eres también la boca virgen
que muchos metros ocultan.

 

Carta al lobo

Querido Lobo:
Llego aquí después de cruzar el mar abierto del bosque,
el mar vegetal que habitas,
el abierto de ira en la oscuridad y la luz que lo cruza
a hurtadillas,

en su densa, inhabitable noche de aullidos que impera
incluso de día o en el silencio

mar de resmas de hojas
que caen y caen y crecen y brotan, todo al mismo tiempo,
de yerbas entrelazadas,
de mareas de pájaros,
de oleadas de animales ocultos.

Llegue aquí cruzando el puente que une al mundo
temeroso con tu casa,

este lugar inhóspito,
inhóspito porque esta la mar de habitado,
habitado como el mar.

En todo hay traición porque todo esta vivo…

Por ejemplo, aquello, si desde aquí parece una sombra,
¿hacia donde caminara cuando despierte?
Como fiera atacara cuando pase junto a él,
cuando furioso conteste el sonido de mis pasos.

Así todo lo que veo.
En todo hay traición

…era el camino, lobo,
la ruta que me llevaba a ti…

Escucha mi delgada voz, tan cerca.
Ya estoy aquí.

Escoge de lo que traje lo que te plazca.
Casi no puedes mirarlo,
insignificante como es,
perdido en la espesura que habitas.
Estoy aquí para ofrecerte mi cuello,
mi frágil cuello de virgen,
un trozo pálido de carne con poco, muy poco que roerle,
tenlo, tenlo.
¡Apresura tu ataque!
¿Te deleitaras con el banquete?
(No puedo, no tengo hacia donde escapar
y no se si al clavarme los dientes
me miraras a los ojos).

Reconociéndome presa
y convencida de que no hay mayor grandeza que la del
cuello de virgen entregándose a ti,

ni mayor bondad que aquella inscrita en tu
doloroso,
lento
interminable
y cruel
amoroso ataque,

cierro esta carta.
Sinceramente tuya,

                         Carmen.