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Hombre de contradicciones personales y pensamiento paradójico, Miguel de Unamuno, quien nació hace 155 años, utilizó la literatura para resolver parte de su angustia personal: entender al hombre como “ente de carne y hueso”.
El intelectual, originario de Bilbao, España, fue el más representativo de la generación del 98, y se adentró en reflexiones filosóficas que abarcaron complejos conceptos sobre las dicotomías de la ficción y la realidad, y la locura y la razón.

Su gran ingenio lo llevó a cultivar gran variedad de géneros literarios, mismos que cortaba y utilizaba a su antojo, lo cual lo llevó a ganarse la admiración de sus contemporáneos y a ser considerado uno de los pensadores españoles más destacados de la época moderna.

El escritor más culto de su generación fue, además, un intelectual partidario del inconformismo; él hizo de la polémica una forma de búsqueda.

Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid, entre 1880 y 1884, por ese entonces entró en contacto con importantes autores como Thomas Carlyle (1795-1881), Herbert Spencer (1820-1903), Friedrich Hegel (1770-1831) y Karl Marx (1818-1883), reseñan sus biógrafos en el portal de Internet biografiasyvidas.com.

Obtuvo el grado de doctor con la tesis Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca, en la anticipa su postura contraria a las extravagancias del nacionalismo de ese país. Además, se desempeñó como rector y catedrático de historia de la lengua castellana.

En la primera parte de su trayectoria profesional y producto de su crisis religiosa, buscó articular su pensamiento mediante la dialéctica hegeliana y, más tarde, tomó como base las intuiciones filosóficas de Spencer, Sören Kierkegaard, William James y Henri Bergson, entre otros.

Luego, tomó como principal base a la literatura para descifrar algunos aspectos de la realidad de su yo. Fue así que surgieron sus publicaciones: En torno al casticismo, Mi religión y otros ensayos, Soliloquios y conversaciones y Del sentimiento trágico de la vida en los hombre y en los pueblos.

En el volumen titulado En torno al casticismo reunió un conjunto de cinco ensayos sobre el alma castellana y con argumentos opuestos al tradicionalismo, proponiendo así solución a muchos de los males que aquejaban a España.

Inconforme por no abarcar en sus primeras obras aspectos íntimos que formaban parte de la realidad vivencial, creó el ensayo Vida de don Quijote y Sancho, en la cual da un giro a sus ideas y propone, contrario a lo que había sugerido, españolizar Europa.

A partir de esa publicación, Unamuno dio un paso importante en su trayectoria, la “literaturización” de su experiencia personal, a fin de dilucidar la oposición entre la afirmación individual y la necesidad de una ética social.

Creó así sus novelas Paz en la guerra, Amor y pedagogía, La tía Tula, Niebla, Abel Sánchez y Tres novelas ejemplares y un prólogo, este última refleja su visión esencial de la realidad.

También se internó en el campo poético y publicó Poesía, Rosario de sonetos líricos, El Cristo de Velázquez, Rimas de dentro y Romancero del destino. Para el teatro creó Fedra, Sombras de sueño, El otro y Medea.

Unamuno es considerado como uno de los primeros escritores existencialistas modernos, con un estilo que raya en el perfeccionismo, rasgo de su personalidad.

Jugó, también, con el idioma, inventando nuevos términos como “nivola”, que sustituye el concepto de novela.

Mantuvo conflictos políticos durante gran parte de su vida, por lo que se le condenó a cumplir una sentencia a 16 años de cárcel por injurias al rey, pero finalmente quedó absuelto.

Los últimos días de vida, de octubre a diciembre de 1936, los pasó bajo arresto domiciliario en su casa, a la que iban a visitarle, entre otros, un viejo “oponente” político y algunos falangistas.

El pensador murió el 31 de diciembre de 1936 y se le enterró en el cementerio de Salamanca. En su lápida, inscritos en piedra, figura su verso:

“Meterme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar; dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar”.